Camina descalzo por la calle
un joven con los pies negros
mochila al hombro
cargando con su vida.
Un transexual muy arreglado
pasea su rumorosa exuberancia
por las aceras
muy perdido él en ella.
Un hombre embriagado
en un portal tirado
habla solo y da un discurso
de cómo comunicarse
por telefonía con la luna.
El día da de sí para la locura.
Hundo con mis dedos
las teclas del abecedario
—igual que un pianista pulsa
las teclas hasta hacer
sonar su melodía—,
y hago que fluya este poema
como otro acto más enajenado.
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